martes, 16 de febrero de 2010

DE GRIEGOS Y ROMANOS


La ficha de hoy son unas reflexiones (poco serias) a cuenta del visionado del peplum cañí El triunfo de los diez gladiadores (1965).

De las matinés cinematográficas dominicales a las que acudía en mi infancia (dos películas por cien pesetas y sálvese quien pueda), entre tanta obra maestra de cine marcial coreano y desopilante producción japonesa de ciencia-ficción, recuerdo con especial cariño las películas de griegos y romanos… o simplemente de romanos, que decíamos, por aquello de abreviar.

Se trataba de películas muy instructivas de las que salías con una serie de conceptos muy claros sobre la cultura grecolatina: los romanos y los griegos eran unos señores musculosos con perfectos cortes a navaja que andaban en falditas y con sus aceitosos torsos depilados siempre desnudos (ahora que lo pienso, no sé si estas películas eran las más adecuadas para dirigir nuestras incipientes libidos). Las romanas y las griegas eran una señoras hembras siempre endomingadas como cabareteras de los 50 (ya podían estar en medio de la erupción del Vesubio, que no se les corría el rimel), de bustos generosos y sujetadores puntiagudos, y que se dedicaban indefectiblemente a enervar al Maciste de turno (quien para colmo tenía la irritante manía de resistirse a la tentacion y de volverse con su novia de toda la vida, un deslavada rubia nada cocot y vestida, esta sí, a la ultima moda de la Apulia, id est, con la pelleja de algún mamífero indeterminado). Aunque no se puede negar que fue el primer género cinematogréfico en realizar la igualdad de los sexos: tanto el héroe como la heroina enseñaban la misma proporción de muslamen.

Ahora bien, lo que nunca sacábamos en claro era si habíamos visto una película de griegos o de romanos: ambos se dedicaban, al parecer, a vestirse con las sabanas en las que acababan de dormir, a comer aceitunas y a descender, por alguna inexplicable razón, al fondo de los Infiernos cuando no estaban entrenándose para el pentatlón.

Por supuesto, había muchas pistas en los títulos para los mas espabilados, El coloso de Rodas, El león de Corinto, La batalla de Maratón… pero una cosa era zamparte las pasas de Corinto y otra muy distinta localizar en el mapa la orgullosa metrópolis productora de los susodichos frutos secos. Además, yo era pésimo en geografía y siempre suspendia los temibles mapas blancos… merecidamente, desde luego. Siempre he dicho que no se puede llegar a ser una persona decente sin conocer los nombres de los ríos de China.

La cosa, además, no parecía tener visos de aclararse en el insti. Siempre se hablaba de cultura grecolatina, así, en feliz coyunda. Se incluían los dos idiomas bajo la denominación de lenguas clásicas y las impartía una misma señora dentro de un único seminario que, como todos los seminarios de clásicas de los institutos, era como la Atlántida: todos decían que existía pero nadie sabía localizarlo con precisión.

Pero omnia mutat tempus y con los años me ha acabado sorprendiendo mucho esta identificación. No sólo la cultura romana es muy distinta de la griega, sino que tengo la sensación de que sería muy difícil encontrar dos culturas tan diferentes.

Los romanos tenían como meta sus valores tradicionales de familia, religión y ejército. El buen romano (el romano ideal, al menos) era un campesino dueño absoluto de su familia, educador de sus hijos, piadoso y temeroso de los dioses y soldado con afán universal. Los griegos, sin embargo, ponían muy por encima de la familia el éxito social, se casaban más que nada para tener herederos, excluían a sus mujeres de los actos familiares (o las tenían apartadas), enviaban a sus hijos a las escuelas y se dedicaban a ganarse los méritos para aparecer inscritos en alguna lista oficial de beneficiarios del Estado. Es sabido que Esquilo estaba más orgulloso de haber luchado en Maratón, Salamina y Platea que de todas sus tragedias. Una de las anécdotas que en el instituto más me causó la admiración del esprit griego es cuando en el momento de su muerte Sócrates decide expulsar de la celda a su mujer y sus hijos por ser unos chapas y compartir los últimos momentos de vida con sus discípulos y amigos. Hoy en día nos resultaría impensable una escena así en un hospital, pero no por ello hay que considerar a Sócrates como un desnaturalizado, sino intentar comprender los valores de los ciudadanos de aquellas orgullosas πολεις.

Respecto a la religión, los romanos llegaban a unos extremos que a nosotros hoy en día nos parecen talibanescos: si los pollos sagrados no comían no había batalla, el infierno de tabúes que tenían que pasar los Pontífices Máximos no se lo deseas ni a tu peor enemigo, los castigos a las vestales por algún inocente affaire recuerdan a la Inquisición, etc. Los griegos, por su parte, no tenían ni sacerdotes ni libros sibilinos ni colegios de vírgenes sacrificadoras (o sacrificadas, llegado el caso), pero sí un concepto muy “Hollywoodiano” de su religión. Montaban el chiringuito períptero y el desfile popular, excusa para comilonas y despelotes varios o se iban “religiosamente” al teatro a reírse con una comedia de Aristófanes y a tirar verduras al actor que cometía el error imperdonable de confundir un dáctilo con un troqueo (un mal día lo tiene cualquiera). Hay muchos libros que cuestionan si los griegos creían verdaderamente en sus dioses (en sus oficiales, al menos, por no entrar en los misterios iniciáticos) y es un hecho claro que la religión es una de las pocas cosas que los griegos no exportaron en masse a otros culturas. Muchos pueblos (como judíos o celtas) la veían como algo bastante infantil y ridículo con sus relatos repletos de rijosidades y dioses con cuerpos danone que no se tomaban muy en serio ni los griegos con un mínimo de educación. Era gente demasiado lógica para misticismos y, además, dotada de una envidiable ironía y joie de vivre. Y ya se sabe que el fanatismo religioso y el sentido del humor son virtudes que se poseen en cantidades inversamente proporcionales. También me llama mucho la atención la manera en que cristianos romanos y ortodoxos celebran las mismas fiestas religiosas. Nosotros la Semana Santa la centramos en el sufrimiento y la muerte de Jesús con imágenes sangrientas, penitentes descalzos y flagelantes… cosas que alucinan a los griegos, que se limitan a celebrar la resurrección tirando (a lo bestia) petardos y celebrando un picnic popular. No es que sean gentes superficiales, sino que priva el aspecto social sobre el doctrinal.

Finalmente, en el tema militar ¿qué se puede decir de las invencibles legiones romanas que no se haya dicho ya? Si eras un bárbaro y las veías venir, ya podías correr en la otra dirección. Los griegos, sin embargo, eran un desastre como militares. Siempre se citan las batallas de Maratón y Salamina porque no ganaron otras en toda su Historia. No era un pueblo con afanes militaristas ni imperialistas y preferían colonizar y comerciar para eso tan de hoy en día, salir de las crisis. No es el belicoso Aquiles el héroe que mejor representa al pueblo griego sino aquel Odiseo fecundo en tretas… y aún así, seguro que los atenienses de época clásica que escuchaban sus aventuras le consideraban un bruto de mucho cuidado ¡cargarse a todos los pretendientes para recuperar su hacienda! Un ateniense como Dios manda los habría llevado a juicio y, además de recuperar su casa…¡se habría quedado con la de los acusados! En el interim, claro, pronunciaría un bonito discurso enumerando todas las liturgías que había realizado por el Estado y demas batallitas de la mili, repleto de montones de ὦ ἄνδρες δικασταί estratégicamente colocados. Los romanos también eran excelentes organizadores y finos políticos. Los griegos, unos políticos patéticos. La época de Demóstenes, por ejemplo, solo puede compararse a una Europa de Bismarck en miniatura con la honrosa diferencia, eso sí, de que, al igual que en la Italia del Renacimiento, los logros literarios y los políticos parecerían ir curiosamente en direcciones diametralmente opuestas. Sólo hay que echar un vistazo a la terrible situación actual de Grecia para darse cuenta de que los griegos han seguido siendo fieles a su tradición de políticos inútiles. Y como este apartado no se puede pasar sin citar a Alejandro (siempre te encuentras con gente que admira a estos militares-carniceros tipo Alejandro, César o Napoleón sin saber muy bien por qué), simplemente decir que para el propio Demóstenes no era más que un bárbaro y que Aristóteles lo consideró su mayor fracaso a la hora de hacer de él un hombre civilizado (es decir, un griego, que son términos sinónimos). Por cierto, no es raro que el poco griego Alejandro tuviera como ideal al bruto Aquiles.

Y ahora que ha salido el tema de los discursos, también sería muy difícil encontrar dos idiomas más antagónicos que el griego y el latín. El latín busca la brevedad, la concisión, el concepto y el epigrama. Es el idioma ideal para la divisa heráldica y la máxima. El griego tiende a la ampliación infinita de los sintagmas, al hendiadis, a la presentación agonal de conceptos contrarios. El griego es el Mozart de los idiomas. Al igual que el genial austriaco, gusta de las eternas reduplicaciones, las variaciones ingeniosas y, sobre todo, las falsas codas y los finale inesperados y lúdicos. Todo esto se consigue con métodos muy sencillos como el uso de partículas que, además de evitar esos hiatos que tanto espantan al griego, organizan los sintagmas de manera lógica; el artículo, ese verdadero demiurgo de la sintaxis griega (vital en griego, pero innecesario en la brevitas latina) y, sobre todo, el uso generalizado de los participios en lugar de oraciones subordinadas que permiten una identificación inmediata y sin problemas con los sintagmas ampliados. Solo hay que ver lo poco confuso que resulta un autor como Demóstenes, verdadera apoteosis de la amplificación, algunos de cuyos periodos no caben –literalmente- en una página mientras que en latín para entender uno de esos periodos ciceronianos hace falta ser… Cicerón. Por usar un símil que entenderán los viejos aventureros informaticos, el griego es la versión verbose de la aventura y el latín la non verbose.

Todas estas diferencias hacían que los romanos no vieran con muy buenos ojos a los griegos y ya que la imagen que hemos heredado de ellos depende en gran medida de la visión que nos transmitieron estos nobles nietos de Rómulo, son culpables en parte de la fama que los griegos han tenido de pederastas, embaucadores, maestros del sablazo, engañabobos y galloferos de todo pelaje y condición. Pero, ¡ay! La Historia siempre se toma su venganza y los romanos se estarán ahora retorciendo en sus tumbas al ver la imagen que la cultura popular venida de Hollywood ha impuesto de pueblo tan moralista: anfiteatros, masacres, orgías y despelote indiscriminado. ¿Cómo demonios tuvieron tiempo, me pregunto yo, para construir todos esos impresionantes restos romanos que quedan por Europa, Africa y Asia? Para más inri, los causantes de tal infamia han sido sus herederos del imperio universal, esos padres de la patria transoceánicos que no se han cortado un pelo en copiar capitolios, panteones, águilas imperiales y, por supuesto, los valores de familia, religión y ejército a los que han añadido –prueba irrefutable de que las ciencias avanzan que es una barbaridad, como dice el señor Hilarión- la tarta de manzana de la abuela. Les queda todavía por copiar toda la literatura latina. Esperaremos sentados.

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Así que, de verdad me pregunto que pensarían estos pueblos sobre nuestra manía de meterlos en el mismo pack. Los romanos, supongo, se indignarían no poco de que los empaquetáramos con semejante bohemia y los griegos se tomarían con una cierta ironía condescendiente el hecho de que se les mezclara con semejante atajo de garrulos.

En definitiva, que romanos sí, griegos sí, juntos sí, pero revueltos no… excepto en las películas de romanos. Ahí que no me toquen nada, ni decorados cartón-piedra, ni ambiente campy, ni estética de cómic, ni anacronismos tamaño Coliseo, ni volatines o acrobacias, ni truhanesas sicalípticas… incluso ni a los forzudos de torso desnudo en falditas. La nostalgia tiene también sus tiranías.

(Las ilustraciones de los carteles están sacadas de este estupendo blog)


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8 comentarios:

Luis Inclán dijo...

Sito:
Me he pasado un muy buen rato leyendo esta entrada. Yo también era un fiel consumidor de 'pepla': he visto muchas de esas películas (aunque no todas...) y he disfrutado, aún antes de tener in mente esto de las clásicas.
Gracias por tu divertida -y atinada- visión del tema.

planseldon dijo...

Me he reído mucho con el artículo.

Por cierto, he cambiado el título del blog de mi Seminario, ahora se llama CIVILIZACIÓN GRECORROMANA.

Que conste que ha sido casualidad XD

planseldon dijo...

Qué bueno el blog de los carteles, por cierto.

planseldon dijo...

Por cierto, coincido en que el término que se usaben en nuestra infancia era "peli de romanos", como dice Sabina. Yo nunca oí eso de "peplum" hasta ya mayor.

Lo gracioso es que daba igual que fueran griegos, cartagineses, o incluso hebreos... si salían tíos en túnica o con faldita, eran pelis de romanos :D

Sito Yelás dijo...

Gracias por los comentarios. Después de ver la peli, me apetecía escribir algo acorde con la “seriedad” de estas producciones. Por supuesto, todos sabemos que hay películas de romanos buenas, pero a nosotros nos gustaban estas italianas donde lo mismo te sacaban a unos tíos en dodotis haciendo de espartanos que a Maciste dándose mamporros con la momia o el hombre lobo. Era un género muy popular (por raro que nos parezca) e incluso hoy en día tienen un punto bizarro y retro-sesentero muy disfrutable si las ves sin demasiada seriedad, claro.

Felicidades por la remodelación del blog, planseldon. Hay material muy interesante para latin 2, que pienso aprovechar. Gracias por compartirlo!

Ricardo dijo...

Divertidísimo artículo y acertado, creo yo, en todo lo que dices. Al igual que los anteriores comentaristas, he pasado un rato muy agradable leyéndolo y me has sacado varias sonrisas. De todo lo escrito, me quedo con esto:

"Así que, de verdad me pregunto que pensarían estos pueblos sobre nuestra manía de meterlos en el mismo pack. Los romanos, supongo, se indignarían no poco de que los empaquetáramos con semejante bohemia y los griegos se tomarían con una cierta ironía condescendiente el hecho de que se les mezclara con semejante atajo de garrulos."

Una idea que suele plantear entre mi alumnado cuando sale el tema griegos vs. romanos.

Gracias por este chispazo de ingenio y simpatía.

Un abrazo.

Roxana dijo...

Divertidísima entrada. Mi primer recuerdo de estar en un cine -de verano- es el terror que me produjo el Cíclope en "una de romanos": el "Ulises" de Kirk Douglas. Luego me pasé la infancia preocupadísima por el hecho de que los romanos se pasearan por sus casas con la armadura puesta.

Sito Yelás dijo...

Gracias, Ricardo, por tu comentario y por pasarte por aquí. Tus palabras me han recordado una cosa que paso a comentar en la siguiente entrada. Un abrazo!

Χαῖρε καὶ σύ, Roxana. Es verdad lo de la película de Kirk Douglas. Era uno de esos clásicos de cine de viernes en mi colegio..curiosamente no recuerdo haberla visto por la tele.